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El cuento del Molinero y el Rey

A raíz de la presentación hecha por el Contralor General de la República al Poder Legislativo, solicitando dirima la contienda de competencia entre su repartición y el Poder Judicial en la alegación de los funcionarios de la DGAC por su régimen previsional, el Ministro de la Corte Suprema Sergio Muñoz concurrió a la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia del Senado para exponer los argumentos de la Corte que en su opinión le entregan la facultad de revisar el fondo del asunto.

Más allá de los razonamientos técnicos y legales que alegó el Ministro Muñoz, resultó sorprendente para muchos la forma en que concluyó su presentación. Lo hizo contándoles un cuento a los legisladores. Un cuento que dice así:

Hace 200 años vivía el rey Federico Segundo de Prusia. Federico era uno de los reyes alemanes más poderosos de su tiempo. Doscientos mil soldados formaban su ejército. Los territorios de su reino eran casi tan grandes como el territorio que ocupan El Salvador, Nicaragua y Costa Rica o la Amazonía. La capital del reino era la ciudad de Berlín.

El rey Federico tenía un palacio en las afueras de la capital. Ahí se retiraba a descansar y gozar de la tranquilidad de sus jardines y bosques. Pero desgraciadamente junto al palacio había un molino de viento. Este molino pertenecía a un señor que lo usaba para moler los granos de trigo hasta convertirlos en fina y blanca harina. Apenas soplaba el viento, comenzaban a girar las grandes aspas. Estas a su vez movían las ruedas de piedra, que comenzaban a moler; y todo junto hacía un escándalo que llegaba a muchos metros de distancia. El rey se molestaba, pues decía que con ese escándalo no podía ni pensar ni trabajar. Mucho menos descansar.

Por fin un día mandó llamar al molinero y le dijo: Usted comprenderá que no podemos seguir juntos en este lugar. Uno de los dos tendrá que retirarse. ¿Cuánto me puede dar usted por este palacio? Al principio el molinero no le entendió y por eso el rey le explicó: Usted no tiene dinero como para comprar este palacio. Por eso será mejor que me venda su molino. Bueno, le dijo el molinero, yo no tengo dinero como para comprarle su palacio, pero usted tampoco puede comprarme el molino. El molino no está a la venta. El rey pensó que el molinero quería lograr un buen precio y por eso le ofreció más de lo que valía la propiedad. Pero el molinero volvió a decir: El molino no está a la venta. El rey le ofreció una suma aún mayor. Entonces el molinero le dijo: No venderé el molino por ninguna suma. Aquí nací y aquí quiero morir. Yo recibí este molino de mis padres y quiero dejárselo a mis hijos para que vivan al amparo de las bendiciones de sus antepasados.

El rey perdió la paciencia. De mal talante le dijo: Hombre, no sea terco. Yo no tengo por qué seguir alegando con usted. Si no quiere hacer un trato que le conviene, llamaré a unos entendidos para que digan cuánto vale en realidad ese molino viejo. Eso será entonces lo que se le pagará a usted y mandaré arrancar esa máquina. Tranquilamente el molinero se sonrió y le contestó a Federico: Eso lo podrá hacer usted si no hubiera jueces en Berlín. El rey lo contempló en silencio.

Contaba la gente de aquel tiempo, que en lugar de enojarse, agradeció esas palabras. El molinero confiaba en los jueces de su reino; el molinero sabía que el rey respetaría la ley.

Federico no insistió más. El molino quedó en su lugar como un monumento a la justicia ciega. Tan ciega, que no distingue a un rico de un pobre ni a un rey poderoso de un humilde molinero. Durante 200 años llegaron personas de todas partes del mundo a visitar ese lugar y a oír la historia del molinero y el rey.

En forma independiente a lo que resuelva el Senado sobre la contienda de competencia entablada, quedará en la historia del Poder Legislativo el recuerdo del día en que un juez recurrió a ese acto comunicacional primigenio que es contar un cuento, en este caso para defender el imperio de la justicia y la sencilla pero profunda idea que el estado de derecho se funda en que todos somos iguales ante la ley.